El amor en la pareja: Más Allá del Romance y el Desafío de Amar entre Iguales Terapia de pareja online y presencial en Barcelona

El Mito del Amor Heredado

En la terapia de pareja aprendemos que el «amor real» no es el material de las fantasías románticas ni un juego de sentimientos volátiles. A la mayoría de nosotros nunca se nos enseñó realmente a amar. Fuimos, en cambio, arrojados al mundo del romance a través de la lente de las comedias románticas o encadenados al poder del apego mediante la identificación con nuestros cuidadores primarios. Crecimos bajo la presión de idealizar y ser idealizados, una estructura psíquica que nos deja sin recursos a la hora de construir una relación madura.

Si sientes confusión, desilusión o un profundo agotamiento por tus vínculos, es probable que no sea por un defecto personal, sino por una fatiga del ego. Lo que solemos llamar «amor» es, con frecuencia, una mezcla de proyecciones y necesidades biológicas. En la terapia de pareja observo que el sufrimiento surge cuando intentamos navegar las relaciones modernas sin distinguir entre el sentimiento romántico de lo que pensamos que es el amor y el amor real que es concebido como una práctica intencional y transformadora. Cada día elegimos amar a la persona con quien hemos decidido a que sea nuestra pareja. 

Para que la psique pueda realizar el trabajo del amor, primero debemos desmantelar las identificaciones erróneas que nublan nuestra percepción. Distinguimos tres estados que el ego suele confundir con el amor:

  • Romance: Es un estado emocionalmente embriagador y esencialmente narcisista. Su premisa subyacente es la similitud: «¡Eres igual a mí!». Es el regocijo de encontrar un reflejo propio en el otro.
  • Apego: Es un vínculo biológico elemental. Se manifiesta a través de la identificación, la ansiedad por la separación y el duelo. Es un mecanismo de seguridad, no necesariamente una elección consciente.
  • Idealización: Es una demanda psíquica impuesta al otro para que sea «perfecto» o «asombroso». Es una construcción fantasiosa que niega la humanidad del ser amado para proteger nuestra propia vulnerabilidad.

El amor real comienza precisamente donde termina la idealización y el ego acepta la derrota. Amar significa dedicar interés y cuidado al ser amado en su «otredad», reconociéndolo como un ser separado, diferente de nuestros deseos y preferencias.

El amor es un compromiso intencional que necesita:

  • Permanecer presente y comprometido, independientemente de las fluctuaciones del sentimiento o el estado de ánimo.
  • La decisión de perdonar errores y mantener el cuidado a través de la dificultad.
  • Resistir el impulso de controlar, arreglar, rechazar o abandonar cuando el otro no satisface nuestras necesidades inmediatas.

La Filosofía de la «Práctica»: El Modelo de Alistair McIntyre

En su obra The End of Virtue, el filósofo Alistair McIntyre define la «práctica» como una estructura que otorga propósito a la vida frente al caos de los valores emocionales arbitrarios. Aplicado al amor, este modelo se desglosa en tres dimensiones:

  1. Actividad humana compartida: El amor tiene «reglas del juego». Al igual que aprendemos a cuidar de un hijo o de una mascota observando a otros, el amor entre iguales requiere establecer intenciones y normas de compromiso aceptadas mutuamente.
  2. Estándares de excelencia intrínsecos: Los logros del amor son internos a la psique. Si se busca dinero, estatus o fama a través de una relación, esta se convierte en un medio para un fin. La excelencia en el amor se mide por la gratificación y el crecimiento que ocurren dentro de la propia práctica.
  3. Transformación: Esta práctica rediseña y profundiza nuestras capacidades. Al amar lo que es «no-yo», nos vemos obligados a salir de nuestra zona de confort, expandiendo nuestra comprensión y nuestra habilidad para realizar acciones valiosas.

Resulta una paradoja clínica ver cómo los seres humanos somos capaces de una entrega asombrosa hacia objetos o animales, mientras ejercemos una brutalidad emocional inaudita contra nuestros iguales.

Consideremos la paciencia que tenemos con un perro de rescate cuando ese perro defeca sobre una alfombra blanca de lana, sentimos irritación, pero no odio. Limpiamos el desastre sin culpar al animal ni tomarlo como una ofensa personal. Del mismo modo, alguien puede amar su coche eléctrico a pesar de tener que esperar horas para cargarlo, o incluso si la batería muere sin compensación alguna; el individuo acepta el sacrificio por el objeto de su interés.

Sin embargo, en la terapia de pareja, se escuchan expresiones de desprecio y deshumanización que superan cualquier zona de guerra. ¿Por qué somos más crueles con quienes más decimos amar?

  • La trampa del espejo: Evaluamos el compromiso del otro según su capacidad de reflejarnos con exactitud y satisfacer nuestras necesidades. Mantenemos al otro «bajo juicio» constante.
  • El conflicto de la falta de aceptación: Tomemos el caso de dos hermanas distanciadas. Una se queja de que la otra «no acepta que se casó con una mujer», mientras ella misma admite que «no soporta hablar con su hermana porque solo habla de Jesús». Ambas están atrapadas en el mismo mecanismo: la incapacidad de aceptar los intereses de la otra.

Hacia una Nueva Regla: La Práctica entre Iguales

Históricamente, las relaciones familiares se basaban en la jerarquía y la servidumbre. Hoy, el desafío es el amor entre iguales, un «peso pesado» que requiere un cambio radical en la comunicación dialógica. Para que este amor florezca, son indispensables cuatro pilares:

  • Aceptación bidireccional: El compromiso de aceptar al otro tal como es, sin intentar «domarlo» o ajustarlo a nuestras preferencias.
  • Hablar desde el «yo»: Expresarse con humildad y modestia, sin asumir que conocemos las intenciones o la sombra del otro sin haber preguntado primero.
  • Escucha plena y paráfrasis: Escuchar con tal atención que seamos capaces de parafrasear lo dicho por el otro antes de permitir que nuestra reacción emocional tome el control.
  • Curiosidad bajo fuego: Mantener el interés por el mundo interno del otro incluso en momentos de ira o miedo.

El «amor real» no es el material de las fantasías románticas ni un juego de sentimientos volátiles. Es la forma más exigente de sacrificio porque nos obliga a discernir entre dos tipos de sufrimiento: aquel que, como la cruz redentora, nos transforma, y aquel que simplemente es tiempo desperdiciado en la resistencia al cambio.

El amor nunca se desperdicia, incluso cuando no es correspondido, porque el acto de amar a lo que es diferente a nosotros rompe la hegemonía de nuestro ego. El amor que sana nuestras vidas es, precisamente, ese amor difícil que nos obliga a madurar y a aceptar nuestra propia sombra. Al final, esta práctica es el único milagro digno de ese nombre; el milagro de encontrar, a través del sacrificio y la atención, la curación de nuestra propia existencia.

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